Las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en las que insiste en que México debe eliminar a los cárteles de la droga e incluso plantea acciones militares en tierra, han reavivado el debate sobre la viabilidad real de una estrategia de ese tipo. Aunque el país aparece como un punto central en el tráfico de drogas hacia Estados Unidos, especialistas coinciden en que el fenómeno del narcotráfico mexicano es mucho más complejo de lo que suele plantearse desde el discurso político.
México juega un papel clave en el mercado internacional de las drogas ilegales, al ser uno de los principales productores de fentanilo con destino a Estados Unidos y el principal corredor para la cocaína proveniente de Sudamérica. Sin embargo, analistas advierten que esta relevancia no significa que el problema pueda resolverse mediante una ofensiva directa y rápida. A diferencia de otros escenarios, el entramado criminal mexicano se ha transformado de manera profunda en las últimas décadas.
Durante los años ochenta y noventa, el tráfico de drogas estaba dominado por un número reducido de grandes cárteles con estructuras jerárquicas claras. Con el paso del tiempo y tras diversas estrategias de confrontación, ese esquema se fragmentó. Actualmente, se estima que alrededor de 400 grupos criminales de distintos tamaños operan en el país, muchos de ellos con presencia local y regional, lo que dificulta su identificación y desarticulación total.
Los grupos criminales más grandes han evolucionado hacia estructuras más sofisticadas y descentralizadas. Por ejemplo, organizaciones como el Cártel de Jalisco Nueva Generación operan a través de decenas de células interconectadas, lo que les permite adaptarse con rapidez y continuar funcionando incluso cuando pierden a algunos de sus líderes. Esta fragmentación obliga a pensar en estrategias mucho más complejas que las aplicadas en el pasado.
La experiencia de la llamada guerra contra el narcotráfico, iniciada a mediados de la década de 2000, es citada con frecuencia como ejemplo de los límites de la estrategia centrada en capturar o eliminar a los principales capos. Aunque decenas de líderes criminales fueron detenidos o abatidos, el flujo de drogas no se detuvo y, en muchos casos, la violencia se intensificó debido a las disputas entre grupos rivales que surgieron tras la caída de las antiguas estructuras.
Hoy, muchas organizaciones criminales funcionan como redes económicas amplias, con múltiples fuentes de ingresos más allá del narcotráfico. El control territorial, la extorsión y el cobro de cuotas a actividades legales e ilegales se han convertido en prácticas comunes, afectando directamente a comunidades y sectores productivos. Este modelo ha ampliado su influencia y ha hecho más difícil su erradicación.
Especialistas en seguridad señalan que uno de los mayores retos es la ausencia de un control absoluto en amplias zonas del país. En algunos territorios, el Estado mantiene presencia y capacidad de respuesta, mientras que en otros los grupos armados imponen su autoridad. Este escenario fragmentado genera un mosaico de poderes y dinámicas distintas, lo que impide aplicar una solución única o simplificada para todo el país.
En este contexto, expertos coinciden en que el combate al narcotráfico requiere enfoques diferenciados, cooperación internacional y estrategias de largo plazo que atiendan tanto la oferta como la demanda de drogas. La complejidad del fenómeno explica por qué la eliminación total de los cárteles, como plantea Trump, enfrenta obstáculos estructurales que van más allá de una intervención militar directa.

